Libro IV
Libro IV
- Tami…
- Si, quién es?
- Lo siento… en serio.
Solo escuchaba lágrimas y una voz varonil entrecortada, tímida, como quien trata de esconder su dolor, porque los hombres no lloran.
- Quién eres? Sientes qué?
- Soy German… Tami, yo… Claude…
- Qué tiene Claude? Qué sucedió? Habla rápido.
Noches antes había estado soñando con ella, no eran buenos sueños, más diría yo que fueron pesadillas, aunque no recordaba muy bien lo que sucedía en ellas o en que terminaban. Solo despertaba sobresaltada y media llorosa, con un dolor e el pecho tan intenso que por momentos pensé que uno de estos días ya no iba a despertar más. Y al parecer fue así, tal y cual lo pensaba, solo que la que no despertó nunca más fue ella.
- Tienes que regresar.
- Cuando? Cómo paso? Por qué no la cuidaste.
- Lo siento, pero trata de volver lo más rápido que puedas. Fue hoy en la madrugada, 01:41.
No tuvo que decir más, lo entendí todo perfectamente, me basto con la hora. Fue hace dos años más o menos en que Claude llamo pidiendo auxilio, la hora en que le tocaba perder… nunca debí dejarla sola, debí llamarla. Deje caer el auricular, me levante de la cama y tropecé con la mesa de noche que estaba al lado derecho, me deje caer al suelo y empecé a llorar, no por el golpe en los pies sino porque empezaba a entender la magnitud del golpe que la vida y las personas nos dan directo al alma…. al corazón. Cogí un par de cosas y las metí en una maleta de mano y tome el primer avión con destino a Lima. Llegue la noche del siguiente día, German me esperaba en el aeropuerto, vestido de negro como lo ameritaba la ocasión –al igual que yo- corrió a abrazarme y a hacer el esfuerzo de tranquilizarme.
- Llévame al lugar de los hechos.
- No, primero debes ir a tomar un baño y a comer algo…
- No –mi grito fue tan fuerte que de un momento a otro todas las personas nos miraban, hasta un
señor de seguridad se acercaba a nosotros-… quiero que me lleves al lugar donde paso todo.
- Señores están bien? Señorita ocurre algo?
- No señor, gracias.- Me cogí del brazo de German mientras lo llevaba a empujones para salir del aeropuerto.
- Tami por favor, mírate… tienes los ojos hinchados y estas pálida, vamos si quiera a comer o tomar algo. Deje caer mi maleta junto con más lágrimas mientras seguía suplicando que me llevara al lugar donde Claude había decidido abandonarnos.
- Esta bien, pero ya no llores más por favor… mira que soy hombre y yo no puedo llorar en público… por favor.
– Me abrazo, limpió mis lágrimas y me dio un beso en la frente, mientras me seguía sosteniendo fuertemente entre sus brazos. Era casi ya media noche cuando llegamos a miraflores, y nos estacionamos cerca al puente de la bajada Balta. Salimos del auto y empezó a llover, abroche mi abrigo, metí las manos en los bolsillos y camine directo al puente olvidándome que German venía también conmigo.
- Espérame… - ahora él me tomo de un brazo y caminamos juntos-.
- Cuando es el entierro?
- Mañana en la noche. Su familia a decidido que la velarán hasta mañana porque sabían que venías y pensaron que de repente querrías despedirte de ella…
- … aunque ella no pueda despedirse de mí?
- uhm… por favor… no lo hagas más difícil si? –hablaba tan pausado para que no lo vea llorar-.
- Lo siento.
- Hay algo más… toma.
Sentí un poco de miedo y mis manos empezaron a temblar cuando German metió su mano al bolsillo y saco unos papeles. Era su despedida y algún tipo de explicación a lo que había sucedido.
- Claude… ella… uhm… dejó esto… en el asiento del copiloto… para ti.
Se dio media vuelta, prendió un cigarro y empezó a llorar reclinado sobre sus pierna, mientras el viento soplaba fuerte contra mi rostro y mis manos desdoblaban aquel bosquejo de carta. Era exactamente una carta de despedida con unas cuantas líneas de “perdóname, no fue mi intención decepcionarte, pero también soy un ser humano que siente, sufre y… muere”. Logró contarme en un par de líneas su vida resumida en cien palabras, lo que había sucedido cuando me marche, lo que no pudo contarme cuando hablamos por teléfono y nos escribíamos, su primer reencuentro con Maria Fernanda, su viaje, el enfriamiento de su relación y la razón por la cual había decidido tomar esa escapatoria… “se que es la más fácil, pero como dijiste alguna vez, “no hay mal que dure para siempre ni cuerpo que lo resista, y yo soy el cuerpo que no resistió”… Así termino su carta con un par de lágrimas que quedaron impregnadas en el papel y en mi corazón. Pero no, no termino con un disparo –para que al menos puedas verme como era antes Tami- tomo unas pastillas que solía llevar consigo y que tomadas en la cantidad exagerada y desesperada en que las tomó te duermen para siempre, sin dolor –porque me conociste fuerte Tami, y al menos esa impresión seguiré dándola-.
Al día siguiente fuimos al velorio y luego al entierro, pero me incomodo demasiado que Maria Fernanda también esté ahí, sobretodo cuando puso una rosa blanca sobre el ataúd que contenía el cuerpo de la persona que la había amado demasiado y quizá no lo suficiente. Se acercó a mi después de eso y me abrazó, me dio el pésame con un par de lágrimas a modo de disculpa, lo cual para mi solo sabía a hipocresía, por lo que me quede inmóvil y me aleje reprochándole como pudo dejar que eso pasará y deje la rosa negra que llevaba conmigo –Porque así soy yo Tami, me encanta el color negro- y me retire del cementerio para hacer el intento de continuar con lo que quedaba de mi vida.
Cumplido el mes de su muerte fui a visitarla, y para mi grata sorpresa la rosa negra que había echado sobre su ataúd prendió y ya empezaba a brotar. Lloré pero esta vez de alegría porque de alguna u otra forma era la manera en que Claude expresaba su cariño hacia mi… desde donde estés.
